Hay gente que cree en muchas cosas: religión, supersticiones, reencarnación, fuerzas supremas, espíritus, … Hay gente totalmente escéptica que jamás cree en ninguna fuerza sobrenatural. Nosotros pertenecíamos al segundo grupo hasta que nos conocimos.
El día en que nos conocimos fuimos conscientes de una energía desconocida hasta el momento. Una atracción que nos hizo sentir cómodos siendo nosotros mismos desde el primer momento. Podría haber sido el mero flechazo que produce el amor a primera vista, pero no fue así.
En tan sólo unos días éramos capaces de compartir los sentimientos más profundos a través de correos, que no dejaban de ser misivas entre desconocidos. Desde el primer encuentro fuimos conscientes de que la comunicación verbal y la física eran maravillosas, pero también de que prescindiendo de ellas, estando simplemente en silencio, la conexión era absolutamente profunda. Comprobamos que no era necesario ni acabar las frases, porque los dos sabíamos en todo momento lo que el otro sentía o pensaba. Y además, nos maravillábamos al observar en cada detalle que entendíamos la vida de la misma forma.
Desde nuestra primera conversación fuimos conscientes de tener infinitas conexiones, que por otro lado eran totalmente extraordinarias. No me refiero sólo a que nos guste comer los postres con cuchara sopera o a que coincidamos en nuestra playa favorita, hablo de conexiones en las que la probabilidad se reduce a un “0, 00000001%”. ¿Cuántas posibilidades reales existían de conocer a alguien en una boda, con quien acabar hablando durante horas de cine, libros, …? ¿Cuántas de que esa persona viva en una cueva y la otra lleve toda la vida veraneando en otra? ¿Cuántas de esa persona comparta contigo sus aficiones por la tecnología, el diseño, los viajes, la lectura, …? ¿Cuántas de que el silencio se entienda como una forma de comunicación y no como una incomodidad?
Nos conocíamos muy bien desde el primer segundo y pudimos entregarnos mutuamente por completo.
Vivimos en ambientes muy distintos y en puntos lejanos, sin embargo, tus manualidades con el esparto, tu vínculo con parajes desérticos, tu vida en una cueva, … todo ello forma parte de mis raíces y, por lo tanto, de mí.
Empezamos a ser conscientes, aún resistiéndonos a creer en ese tipo de cosas, de que existía una energía superior que había provocado nuestro encuentro. Y entonces pudimos darnos cuenta.
Nuestras almas se han cruzado en varias ocasiones a lo largo de la historia. No sabemos cuántas, aunque sospechamos que han sido mínimo dos.
La primera vez que nos enamoramos fue hace 4.000 años. Yo vivía en Fuente Álamo, hoy el municipio de Cuevas del Almanzora y a sólo 5 kilómetros de donde he veraneado desde que nací y de donde se remontan todos mis antepasados. Tú vivías en Castellón Alto, Galira, y eras artesano y comerciante. Con tus manos trenzabas el esparto que transformabas en cestos y demás útiles. En uno de tus viajes a Fuente Álamo nos enamoramos nada más vernos (probablemente no era la primera vida en la que nos encontrábamos). Nuestro amor fue tan puro y evidente que nuestras familias no se opusieron a nuestro enlace y a que me marchara contigo. Fuimos inmensamente felices y jamás tuvimos duda de que estábamos hechos el uno para el otro.
Hace 2.500 años volvimos a encontrarnos. Sucedió en Baria (Villaricos), una vez más a pocos kilómetros de mi lugar de veraneo y cuna de mis padres. Tú trabajabas como comerciante de minerales y el flujo de estos llegaba hasta Tútugi, donde vivías. La historia se repitió, nuestras almas se atrajeron desde el primer momento. El consejero espiritual de Baria nos explicó que esa inmensa energía respondía al reencuentro de dos almas gemelas. Nuevamente fuimos completamente felices.
La última, por ahora, historia de nuestro amor, se inició hace apenas año y medio. Y, desde ese momento, nos amamos con la serenidad del que sabe que nuestro nuevo encuentro será aún más bello e intenso, sabiendo que nuestro amor será cada día más profundo y enriquecedor.
Nos casamos dentro de 100 días, quién sabe si no es la primera ni la última vez que damos este paso.
Te quiero.