Desde siempre el hombre ha tenido que trabajar para sobrevivir.
Ya en la prehistoria, antes de la sedentarización (Paleolítico), el hombre tenía que buscar caza y recolectar frutos para sobrevivir, estas actividades ocuparían gran parte de su tiempo diario, pero con casi total seguridad, el tiempo que emplearía en estas actividades no superaría al tiempo diario de luz. Cuando la especie humana se hizo sedentaria y empezó a criar ganado y cultivar la tierra, tuvo que dedicar su tiempo a trabajar en los campos y cuidar del ganado, también a fabricar útiles y herramientas, seguramente cuando el sol se había puesto y no permitía más que trabajar al lado del fuego de la casa. A partir de la formación de las sociedades complejas apareció una serie de gente que se aprovechaba del trabajo de los demás y no tenía que esforzarse demasiado para lograr la subsistencia.
En la sociedad actual “más evolucionada” el trabajo sigue siendo una parte muy importante de la vida, pero ahora no sólo nos permite cubrir las necesidades básicas, nos hemos creado toda una serie de necesidades que obligan a trabajar. En estas sociedades la tendencia debiera ser hacia la vida contemplativa, pero no es así.
De todos modos existe alguna gente que tiene que trabajar, pero ésto no le supone un trauma demasiado fuerte porque disfruta con su trabajo. Puede que estemos en un error, pero poner el corazón en un trabajo nos puede hacer alcanzar cotas importantes de felicidad.
La situación ideal sería, después de un interesante día de trabajo, llegar a casa a la vez que tú y compartir el resto del día y la noche a tu lado, sin que los altos niveles de felicidad se vean mermados ni una décima.
Ése es el estado ideal, trabajando, sí, pero teniéndote a mi lado.
